domingo, 12 de abril de 2026

A una dama hallada en lugar vedado

Con vida vana y ruido desmedido, de fiestas, yerro y trato sin memoria,andaba yo, de afecto desprovisto,ajeno al bien, extraño a toda gloria.

Mas quiso el sino, en lance no permitido, cruzar mi andar con vuestra faz notoria que,  el oro manda y el valor se ha vendido, y el alma calla… mas no vuestra historia.

Que no fue compra, ni vil trato humano, lo que de vos mi espíritu alcanzara,sino consuelo, fiel, puro y temprano, cual luz que al ciego, de súbito, ampara.

Disteis, señora, sin deber ni engaño, compaña dulce, abrigo y fe sincera, y en ese lazo, ajeno a todo daño, halló mi ser unión que no muriera.

Y así, rendido al yugo de tal suerte, si os place oír de un alma su querella, diré que hallara gusto en misma muerte si en vuestro amor hallase mi centella.

Perdiera honores, nombre y ambición, y al fuego eterno diera mi destino, si en vuestro pecho hallase redención y en vuestra voz… clemencia en mi camino.

A vuestros pies, señora, así me hallo, cual siervo fiel de voluntad cautiva, que no hay en mí más ley que vuestro fallo, ni más razón que veros compasiva.

Y si estas letras no movieren gloria en vuestro pecho, noble y resguardado, quede al menos por cierta la memoria de un hombre que por vos… quedó entregado.

domingo, 5 de abril de 2026

A Rubén Dario

Hubo un tiempo, en que el amor me habitaba como un vino generoso que no sabía guardarse,y yo lo derramaba en risas y en promesas nocturnas, creyendo que amar era tan solo sentirse arder.

Amé…

con la torpeza luminosa de quien no ha sido herido,con la fe ingenua de que el fuego se basta a sí mismo, sin entender que el amor también es costumbre, que se riega en lo pequeño o se muere en silencio.

Ellas fueron jardín, fueron casa y abrigo, territorios abiertos donde pude quedarme, pero pasé como viento, sin aprender sus estaciones,sin inclinarme a tiempo sobre la tierra que me ofrecían.

Las quise de verdad, y eso aún me duele, porque querer no basta cuando falta la presencia, cuando la mano no vuelve, cuando el día no se comparte, cuando el amor no encuentra su sitio en lo cotidiano.

Y se fueron…

sin ruido, sin furia, sin necesidad de herirme, como se alejan las cosas que uno descuida demasiado, dejándome el eco de todo lo que no supe cuidar.

Pero hay una herida que no conoce consuelo, una raíz más honda que el resto de mis errores: una hija que creció en la orilla de mi vida,mirando hacia un padre que nunca terminaba de llegar.

Le di ayuda, sí, le tendí siempre la mano, pero no le di mi tiempo, ni mi risa constante, ni el silencio compartido de las tardes sencillas, ni la certeza de estar cuando no hacía falta nada.

No supe ser refugio, ni árbol, ni camino, y el amor que me ofrecía se quedó sin estación, como una flor que espera una lluvia que no vuelve, como un nombre que se apaga en mitad del corazón.

Ahora, en este cénit cansado de mis días, cuando el espejo me mira sin piedad ni consuelo, comprendo que el amor no vive de instantes, sino de la humilde insistencia de quedarse.

Y daría lo que queda de mi vida por un solo día sin ausencias, por volver a una tarde cualquiera y sentarme, al fin, donde debía.

Pero el tiempo no negocia con los hombres, ni devuelve lo que fue malgastado, y hay puertas que no saben ya abrirse aunque uno aprenda, tarde, a nombrarlas.

Así descubro demasiado tarde, que no fui víctima del olvido, sino autor paciente de mis pérdidas, artesano ciego de mi propio vacío.

Y ya no lloro por lo que se ha ido, sino por lo que nunca supe sostener, por todo el amor que estuvo vivo en mis manos y murió… esperando en mí.

"Juventud divino tesoro ya te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer".

VI Sonetos de un reproche.


I
Hubo un tiempo en que fiel te creía,
y en tu voz encontré mi destino;
“alma gemela”, juraste divino,
y en tu fe mi inocencia dormía.

Fue un incendio vestido de armonía,
promesas, un anillo en el camino,
y un futuro que, frágil y fino,
se quebró cuando el alba moría.

Y aquel hijo, que al mundo no vino,
fue suspiro que el viento llevó,
antes mismo de hacerse latido;
pues tu amor, que juraste genuino,
en ceniza y traición se tornó,
y en silencio quedó lo no nacido.

II
Y traición no fue solo la tuya,
también ella, mi sangre y mi infancia,
quebró en mí lo más puro: la infancia,
como daga que el alma destruye.

Era niña que el tiempo construye,
de mi mano cruzó la distancia,
yo su escudo, su luz, su fragancia,
y hoy su sombra mi herida concluye.

No esperaba tal golpe en la vida,
ni de ti, que eras todo mi cielo,
ni de aquella que tanto he querido;
dos dolores en una caída,
dos abismos abiertos en duelo,
y mi ser, por los dos, dividido.

III
Fuiste mundo, mi sol y mi luna,
mi razón, mi latido y mi suerte;
te entregué cuanto pude ofrecerte,
sin dejar una parte ninguna.

Si faltó darte el alma, fue una
sola causa: aún vivía al quererte;
y ese amor, que juré hasta la muerte,
me dejó en una noche importuna.

Dos lutos me hirieron al mismo
tiempo oscuro, sin tregua ni calma,
y creí no salir de la herida;
descendí hasta el más hondo abismo,
donde apenas latía mi alma
y dudaba sostener la vida.

IV
Mas mi madre, raíz encendida,
fue la luz que en la sombra me alzaba,
la que, firme, mi nombre llamaba
cuando el alma se daba por ida.

¿Recuerdas la grieta abatida
donde al fin sin retorno me hallaba?
Era un fondo que al llanto negaba
toda forma de escape o salida.

Te perdoné, no por tu consuelo,
sino por la quietud que buscaba,
y por ese amor que no moría;
porque amar, aun herida en el suelo,
era el único hilo que ataba
lo que en mí todavía existía.

V
Yo morí a mis veinticinco años,
no en la carne, mas sí en la esperanza;
se quebró, sin dejarme confianza,
la razón de mis sueños extraños.

Y, sin embargo, venciendo los daños,
he vuelto desde aquella mudanza,
como eco que incierto se lanza
entre sombras, recuerdos y engaños.

Pues soñé que llorabas de hinojos,
con un dolor tan hondo y tan frío
que en mi pecho volvió a estremecerse;
y al mirarte, sin ira en los ojos,
quise alzar ese peso tan mío
que en tu llanto parecía perderse.

VI
Y acudí donde habitas latente,
ese sitio sin voz ni destino,
donde aún permanece el camino
de lo nuestro, difuso y ausente.

No llegué a reclamarte lo ausente,
ni a encender lo que fue desatino,
sólo puse mi mano, en silencio fino,
sobre el peso que dobla tu frente.

Y te dije, sin rencor ni herida:
“ese dolor no es siempre, no queda,
ni siquiera en la noche más fría”;
mas quedó, suspendida y perdida,
una duda que el tiempo no hereda:
si esta sombra renace… o se enfría.

domingo, 15 de marzo de 2026

Elegia a mi madre.

Mi madre siempre fue para mi un referente, de niño jamas me dejaba, recuerdo sufrir de falta de calcio en los talones, eso dolía sobre todo por la noche y mi madre venia a mi cama a calentar mis pies con los suyos para apaciguar ese dolor, también estaba conmigo en esas noches en las que los niños tienen un alma abierta y pueden ver cosas que los mayores no ven, ella estaba a mi lado cuando esos fantasmas llegaban para atormentar mis sueños, mi madre fue madre hasta el día de su muerte, siempre se preocupo por mi por muchos años que yo cumpliese y lo hacia pese a su dolor físico, sufría una grave enfermedad que le comía los huesos y que dolía tanto que ni moverse quería.

 El día que me dejó la bese en la mejilla, estaba caliente y en su rostro reflejaba paz, por dejar de sentir ese sufrimiento físico, incluso parecía tener una leve sonrisa. Mi madre es la persona que menos daño y más amor ne ha dado en mi vida, espero volver a verla, aunque se que nunca llegaré a pagar su amor sincero.


Mamá 

Cuando recuerdo mi infancia
no vuelven juegos ni risas;
vuelve tu sombra inclinada
velando mis noches frías.

Yo era un niño y en la noche
me despertaba el dolor;
como fuego en los talones
que me robaba el sopor.

Y tú llegabas despacio
sin quejarte del cansancio;
con tus pies templabas los míos
y el dolor iba menguando.

Aquel gesto tan sencillo,
tan humilde y tan callado,
era el amor de una madre
guardando a su muchacho.

Y cuando en la oscura noche
los temores me cercaban,
y los fantasmas del sueño
mis inocencias turbaban,

Tú velabas a mi lado
con tu voz dulce y serena;
y las sombras de la infancia
se apartaban de mi senda.

Fuiste madre cada día,
cada año de mi vida;
aunque el mal que te habitaba
te cubriera de heridas.

La enfermedad devoraba
poco a poco tu esperanza,
mas tu amor permanecía
más fuerte que la desgracia.

Aun con tanto sufrimiento
tu cuidado era primero;
que el amor de una madre
nunca dice “ya no puedo”.

Llegó al fin el triste día
en que la vida declina;
y en silencio tus dos ojos
se cerraron con la vida.

Besé entonces tu mejilla,
todavía tibia y serena;
y en tu rostro reposaba
la paz después de la pena.

Parecía que una leve
y dulce sonrisa hablaba,
como quien dice en silencio:
«ya no duele lo que amaba».

Madre mía, en esta vida
fuiste el ser que más me ha dado,
y también quien menos daño
a mi corazón causó.

Y aunque viva largos años
no habrá modo en esta tierra
de pagar tanto cariño
ni medir tanta grandeza.

Mas guardo una fe tranquila
que me alumbra cuando pienso
que al final del largo camino
volveré a hallar tu consuelo.

Y entonces, madre querida,
sin dolor ni sufrimiento,
volverás a ser la madre
que velaba mis desvelos.

sábado, 14 de marzo de 2026

El peso ligero de los años.


Hubo un tiempo en que el mundo

cabía entero en un bolsillo:

una tarde interminable,

un beso que parecía eterno,

la promesa ingenua

de que la vida sabría esperarme.

La juventud pasó como pasan los trenes

cuando uno mira distraído por la ventana:

con ruido, con prisa,

dejando en el aire un temblor

que solo entendí demasiado tarde.

Amé como aman los que creen

que el mañana es infinito.

Y perdí como pierden los que aún no saben

que el tiempo no devuelve

lo que se deja marchar.

Quedaron en el camino

hijos que nunca llegaron a nacer en mis brazos,

sueños que se quedaron

sentados en la estación equivocada,

promesas que juraban ser eternas

y que apenas duraron lo que dura el eco

de una palabra en la memoria.

También hubo errores,

puertas que cerré con mis propias manos,

oportunidades que pasaron delante de mí

como pájaros silenciosos

que no supe reconocer.

Pero cuando repaso la vieja maleta

de todo lo vivido,

descubro algo extraño:

los recuerdos amargos

han ido perdiendo su peso.

Y en el fondo del equipaje

quedan más risas que lágrimas,

más tardes doradas que noches rotas,

más nombres queridos

que ausencias.

Tal vez la vida sea eso:

un libro que parece pesado mientras lo escribimos,

pero que al cerrarlo

apenas pesa entre las manos.

Y solo al final,

cuando el tiempo se vuelve transparente,

uno comprende con una ternura inesperada

que todo fue breve,

que todo fue frágil,

y que, a pesar de todo,

valió la pena.

El amor nunca muere

 En una noche negra, de tormenta y de duelo,

cuando el viento ululaba como un lobo sin consuelo,

yo guiaba mi viejo coche por la vía

donde la lluvia caía como lúgubre letanía. 

Mi corazón —cripta oscura— guardaba todavía

el nombre de mi amada, perdida un triste día;

la muerte la había tomado con fría mano helada,

dejándome en la tierra con el alma desolada.

El trueno abrió los cielos con furia sepulcral,

y el rayo dibujó su firma espectral;

la carretera serpenteaba entre rocas y abismos

como un negro pensamiento nacido de los mismos.

Y entonces la divisé.

Allí, junto al camino de sombras y de espinas,

erguida entre la bruma y las lluvias peregrinas,

una figura pálida, quieta como un suspiro,

que el relámpago vistió con su espectral retiro.

¡Dios eterno! —era ella—

mi amada, mi perdida, mi estrella.

Sus ojos no tenían la muerte ni el olvido,

sino el dulce mandato de un amor no extinguido.

Alzó su mano blanca con gesto grave y lento,

y aunque no habló su boca, oí su pensamiento:

“Detente… baja el paso…”

Y yo, trémulo, obedecí.

Frené entre el rugir del cielo encadenado

y hallé, en la curva oscura del sendero abandonado,

un árbol colosal, por la tormenta vencido,

tendido en la calzada como un guardián maldito.

Comprendí entonces —con terror infinito—

que aquel era el instante donde habría sido escrito

mi nombre entre los muertos, mi sangre entre la piedra,

si no fuera por su sombra surgida de la niebla.

Pero al alzar los ojos hacia la verja vecina

mi alma sintió helarse como mármol de ruina.

Ante mí se extendía un cementerio sin fin.

Miles de sombras se alzaban entre las tumbas calladas:

sombras largas, sombrías, deformes y desgarradas.

Algunas parecían gemir en muda agonía,

otras torcer sus miembros en perpetua ironía.

Todas me miraban.

Sí…

todas me esperaban.

Sus brazos se extendían como ramas de condena,

como garras que imploran o reclaman su cadena;

sabían —¡oh sabían!— que yo debía estar

entre sus frías filas sin poder despertar.

La noche rugía.

La muerte me llamaba.

Y cuando ya el terror era un océano abierto,

cuando el mundo parecía deslizarse hacia lo muerto,

sentí una mano suave posarse sobre la mía.

Una mano de nieve…

de consuelo…

de vida.

Era ella.

Su tacto era un susurro de ternura inmortal,

una llama que vencía al sepulcro abismal.

Me condujo en silencio, con dulzura infinita,

hasta el coche que aguardaba bajo la lluvia maldita.

Encendí el motor.

La carretera huyó bajo las ruedas cansadas,

dejando atrás las tumbas y las sombras alargadas.

La niebla comenzó lentamente a retirarse,

como si el propio infierno temiera aproximarse.

Entonces miré el espejo.

Y allí —¡Dios mío!— estaba.

Sentada en el asiento posterior del vehículo sombrío,

mi amada me miraba con un fulgor tardío.

Su rostro era sereno, su sonrisa era eterna,

como la paz que aguarda tras la noche más tierna.

Y mientras la aurora rasgaba la penumbra del cielo

su forma se hizo bruma…

su mirada, un desvelo.

Antes de irse

—antes de morir de nuevo—

llevó sus dedos pálidos a los labios tranquilos

y me envió un beso leve, más suave que los hilos

de un sueño que se rompe cuando llega el amanecer.

Y desapareció.

Mas desde aquella noche, cuando el viento se agita

y la lluvia golpea con voz infinita,

sé que el amor no yace bajo tierra fría…

pues incluso la muerte

a veces

devuelve lo que ama todavía. 🖤

Un perro presidente.

En un palacio de mármol prestado mandaba un presidente algo despistado; no era torpe del todo, mas poco ilustrado, y aquella tesis —dicen— se la habían guisado.

Llegó a la mesa ya bien sazonada, con citas, comillas y salsa templada; él brindó con orgullo, muy serio el gesto, aunque el libro jamás lo leyó por completo. 

A su lado la dama, más lela que lista, soñaba cátedra noble, docta y bien vista; de familia “ilustre”, decía la comedia, aunque libros no había en toda su heredia.

Pues padres regentes de oscuro local donde el neón guiñaba su guiño infernal; y así la academia, torciendo la ceja, veía aquella cátedra como mala madeja.

Vinieron ministros —¡vaya desfile!— unos de bolsillo, otros de perfil vil; corruptos algunos, puteros sin arte, y otros que al diccionario temían mirarle. 

Repetían dogmas con gran convicción, como loro que ignora la conversación; ni sabían qué decían ni a dónde llevaba, pero el coro del poder bien fuerte sonaba.

Y surgió el hermano, sayón oportuno, gorrón de manual, campeón del ayuno… de trabajo, claro, que esfuerzo evitaba, mas del dinero público bien se alimentaba.

Tan fino en la holganza, tan hábil en gorra, que quiso ahorrarse hasta el parking de su autocarroza errante, palacio rodante, del príncipe vago, del noble mangante.

Y así todo el peso del circo montado cayó en el presidente, medio atolondrado; que uno no sabe si santo o villano, si pobre marioneta o torpe artesano.

Mas víctima, sí, de su propio desfile: de ministros de feria y familia sutil; pues a veces el rey no manda en su corte, solo firma papeles… y carga el soporte.

Y el pueblo, mirando la extraña función, entre risa cansada y resignación, murmura en la plaza, con sorna prudente: 

¡Vaya hijo puta este presidente!

El regreso

 Soneto del encuentro con mi sombra


Vuelvo, yo que fui joven y que soñaba,

a la poesía que antaño me miraba;

mi voz ahora es grave, y la mirada

lleva canas, memorias que no callaba.


Mi yo de ayer, con risa desenfrenada,

me observa y pregunta: “¿Por qué tardaba?”

Yo respondo, con la calma que guardaba,

“Por aprender del tiempo y su jornada.”


Cada verso es un puente que se extiende

entre la impaciencia y la prudencia;

cada palabra un alma que comprende.


Hoy la rima es sabia, y la conciencia

baila con la emoción que se enciende,

tras quince años de silencio y paciencia