En una noche negra, de tormenta y de duelo,
cuando el viento ululaba como un lobo sin consuelo,
yo guiaba mi viejo coche por la vía
donde la lluvia caía como lúgubre letanía.
Mi corazón —cripta oscura— guardaba todavía
el nombre de mi amada, perdida un triste día;
la muerte la había tomado con fría mano helada,
dejándome en la tierra con el alma desolada.
El trueno abrió los cielos con furia sepulcral,
y el rayo dibujó su firma espectral;
la carretera serpenteaba entre rocas y abismos
como un negro pensamiento nacido de los mismos.
Y entonces la divisé.
Allí, junto al camino de sombras y de espinas,
erguida entre la bruma y las lluvias peregrinas,
una figura pálida, quieta como un suspiro,
que el relámpago vistió con su espectral retiro.
¡Dios eterno! —era ella—
mi amada, mi perdida, mi estrella.
Sus ojos no tenían la muerte ni el olvido,
sino el dulce mandato de un amor no extinguido.
Alzó su mano blanca con gesto grave y lento,
y aunque no habló su boca, oí su pensamiento:
“Detente… baja el paso…”
Y yo, trémulo, obedecí.
Frené entre el rugir del cielo encadenado
y hallé, en la curva oscura del sendero abandonado,
un árbol colosal, por la tormenta vencido,
tendido en la calzada como un guardián maldito.
Comprendí entonces —con terror infinito—
que aquel era el instante donde habría sido escrito
mi nombre entre los muertos, mi sangre entre la piedra,
si no fuera por su sombra surgida de la niebla.
Pero al alzar los ojos hacia la verja vecina
mi alma sintió helarse como mármol de ruina.
Ante mí se extendía un cementerio sin fin.
Miles de sombras se alzaban entre las tumbas calladas:
sombras largas, sombrías, deformes y desgarradas.
Algunas parecían gemir en muda agonía,
otras torcer sus miembros en perpetua ironía.
Todas me miraban.
Sí…
todas me esperaban.
Sus brazos se extendían como ramas de condena,
como garras que imploran o reclaman su cadena;
sabían —¡oh sabían!— que yo debía estar
entre sus frías filas sin poder despertar.
La noche rugía.
La muerte me llamaba.
Y cuando ya el terror era un océano abierto,
cuando el mundo parecía deslizarse hacia lo muerto,
sentí una mano suave posarse sobre la mía.
Una mano de nieve…
de consuelo…
de vida.
Era ella.
Su tacto era un susurro de ternura inmortal,
una llama que vencía al sepulcro abismal.
Me condujo en silencio, con dulzura infinita,
hasta el coche que aguardaba bajo la lluvia maldita.
Encendí el motor.
La carretera huyó bajo las ruedas cansadas,
dejando atrás las tumbas y las sombras alargadas.
La niebla comenzó lentamente a retirarse,
como si el propio infierno temiera aproximarse.
Entonces miré el espejo.
Y allí —¡Dios mío!— estaba.
Sentada en el asiento posterior del vehículo sombrío,
mi amada me miraba con un fulgor tardío.
Su rostro era sereno, su sonrisa era eterna,
como la paz que aguarda tras la noche más tierna.
Y mientras la aurora rasgaba la penumbra del cielo
su forma se hizo bruma…
su mirada, un desvelo.
Antes de irse
—antes de morir de nuevo—
llevó sus dedos pálidos a los labios tranquilos
y me envió un beso leve, más suave que los hilos
de un sueño que se rompe cuando llega el amanecer.
Y desapareció.
Mas desde aquella noche, cuando el viento se agita
y la lluvia golpea con voz infinita,
sé que el amor no yace bajo tierra fría…
pues incluso la muerte
a veces
devuelve lo que ama todavía. 🖤


No hay comentarios:
Publicar un comentario