Llegó a la mesa ya bien sazonada,
con citas, comillas y salsa templada;
él brindó con orgullo, muy serio el gesto,
aunque el libro jamás lo leyó por completo.
A su lado la dama, más lela que lista,
soñaba cátedra noble, docta y bien vista;
de familia “ilustre”, decía la comedia,
aunque libros no había en toda su heredia.
Pues padres regentes de oscuro local
donde el neón guiñaba su guiño infernal;
y así la academia, torciendo la ceja,
veía aquella cátedra como mala madeja.
Vinieron ministros —¡vaya desfile!—
unos de bolsillo, otros de perfil vil;
corruptos algunos, puteros sin arte,
y otros que al diccionario temían mirarle.
Repetían dogmas con gran convicción,
como loro que ignora la conversación;
ni sabían qué decían ni a dónde llevaba,
pero el coro del poder bien fuerte sonaba.
Y surgió el hermano, sayón oportuno,
gorrón de manual, campeón del ayuno…
de trabajo, claro, que esfuerzo evitaba,
mas del dinero público bien se alimentaba.
Tan fino en la holganza, tan hábil en gorra,
que quiso ahorrarse hasta el parking de su autocarroza errante, palacio rodante,
del príncipe vago, del noble mangante.
Y así todo el peso del circo montado
cayó en el presidente, medio atolondrado;
que uno no sabe si santo o villano,
si pobre marioneta o torpe artesano.
Mas víctima, sí, de su propio desfile:
de ministros de feria y familia sutil;
pues a veces el rey no manda en su corte,
solo firma papeles… y carga el soporte.
Y el pueblo, mirando la extraña función,
entre risa cansada y resignación,
murmura en la plaza, con sorna prudente:
¡Vaya hijo puta este presidente!


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