domingo, 5 de abril de 2026

A Rubén Dario

Hubo un tiempo, en que el amor me habitaba como un vino generoso que no sabía guardarse,y yo lo derramaba en risas y en promesas nocturnas, creyendo que amar era tan solo sentirse arder.

Amé…

con la torpeza luminosa de quien no ha sido herido,con la fe ingenua de que el fuego se basta a sí mismo, sin entender que el amor también es costumbre, que se riega en lo pequeño o se muere en silencio.

Ellas fueron jardín, fueron casa y abrigo, territorios abiertos donde pude quedarme, pero pasé como viento, sin aprender sus estaciones,sin inclinarme a tiempo sobre la tierra que me ofrecían.

Las quise de verdad, y eso aún me duele, porque querer no basta cuando falta la presencia, cuando la mano no vuelve, cuando el día no se comparte, cuando el amor no encuentra su sitio en lo cotidiano.

Y se fueron…

sin ruido, sin furia, sin necesidad de herirme, como se alejan las cosas que uno descuida demasiado, dejándome el eco de todo lo que no supe cuidar.

Pero hay una herida que no conoce consuelo, una raíz más honda que el resto de mis errores: una hija que creció en la orilla de mi vida,mirando hacia un padre que nunca terminaba de llegar.

Le di ayuda, sí, le tendí siempre la mano, pero no le di mi tiempo, ni mi risa constante, ni el silencio compartido de las tardes sencillas, ni la certeza de estar cuando no hacía falta nada.

No supe ser refugio, ni árbol, ni camino, y el amor que me ofrecía se quedó sin estación, como una flor que espera una lluvia que no vuelve, como un nombre que se apaga en mitad del corazón.

Ahora, en este cénit cansado de mis días, cuando el espejo me mira sin piedad ni consuelo, comprendo que el amor no vive de instantes, sino de la humilde insistencia de quedarse.

Y daría lo que queda de mi vida por un solo día sin ausencias, por volver a una tarde cualquiera y sentarme, al fin, donde debía.

Pero el tiempo no negocia con los hombres, ni devuelve lo que fue malgastado, y hay puertas que no saben ya abrirse aunque uno aprenda, tarde, a nombrarlas.

Así descubro demasiado tarde, que no fui víctima del olvido, sino autor paciente de mis pérdidas, artesano ciego de mi propio vacío.

Y ya no lloro por lo que se ha ido, sino por lo que nunca supe sostener, por todo el amor que estuvo vivo en mis manos y murió… esperando en mí.

"Juventud divino tesoro ya te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer".

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