Mi madre siempre fue para mi un referente, de niño jamas me dejaba, recuerdo sufrir de falta de calcio en los talones, eso dolía sobre todo por la noche y mi madre venia a mi cama a calentar mis pies con los suyos para apaciguar ese dolor, también estaba conmigo en esas noches en las que los niños tienen un alma abierta y pueden ver cosas que los mayores no ven, ella estaba a mi lado cuando esos fantasmas llegaban para atormentar mis sueños, mi madre fue madre hasta el día de su muerte, siempre se preocupo por mi por muchos años que yo cumpliese y lo hacia pese a su dolor físico, sufría una grave enfermedad que le comía los huesos y que dolía tanto que ni moverse quería.
El día que me dejó la bese en la mejilla, estaba caliente y en su rostro reflejaba paz, por dejar de sentir ese sufrimiento físico, incluso parecía tener una leve sonrisa. Mi madre es la persona que menos daño y más amor ne ha dado en mi vida, espero volver a verla, aunque se que nunca llegaré a pagar su amor sincero.
Mamá
no vuelven juegos ni risas;
vuelve tu sombra inclinada
velando mis noches frías.
Yo era un niño y en la noche
me despertaba el dolor;
como fuego en los talones
que me robaba el sopor.
Y tú llegabas despacio
sin quejarte del cansancio;
con tus pies templabas los míos
y el dolor iba menguando.
Aquel gesto tan sencillo,
tan humilde y tan callado,
era el amor de una madre
guardando a su muchacho.
Y cuando en la oscura noche
los temores me cercaban,
y los fantasmas del sueño
mis inocencias turbaban,
Tú velabas a mi lado
con tu voz dulce y serena;
y las sombras de la infancia
se apartaban de mi senda.
Fuiste madre cada día,
cada año de mi vida;
aunque el mal que te habitaba
te cubriera de heridas.
La enfermedad devoraba
poco a poco tu esperanza,
mas tu amor permanecía
más fuerte que la desgracia.
Aun con tanto sufrimiento
tu cuidado era primero;
que el amor de una madre
nunca dice “ya no puedo”.
Llegó al fin el triste día
en que la vida declina;
y en silencio tus dos ojos
se cerraron con la vida.
Besé entonces tu mejilla,
todavía tibia y serena;
y en tu rostro reposaba
la paz después de la pena.
Parecía que una leve
y dulce sonrisa hablaba,
como quien dice en silencio:
«ya no duele lo que amaba».
Madre mía, en esta vida
fuiste el ser que más me ha dado,
y también quien menos daño
a mi corazón causó.
Y aunque viva largos años
no habrá modo en esta tierra
de pagar tanto cariño
ni medir tanta grandeza.
Mas guardo una fe tranquila
que me alumbra cuando pienso
que al final del largo camino
volveré a hallar tu consuelo.
Y entonces, madre querida,
sin dolor ni sufrimiento,
volverás a ser la madre
que velaba mis desvelos.


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