domingo, 5 de abril de 2026

VI Sonetos de un reproche.


I
Hubo un tiempo en que fiel te creía,
y en tu voz encontré mi destino;
“alma gemela”, juraste divino,
y en tu fe mi inocencia dormía.

Fue un incendio vestido de armonía,
promesas, un anillo en el camino,
y un futuro que, frágil y fino,
se quebró cuando el alba moría.

Y aquel hijo, que al mundo no vino,
fue suspiro que el viento llevó,
antes mismo de hacerse latido;
pues tu amor, que juraste genuino,
en ceniza y traición se tornó,
y en silencio quedó lo no nacido.

II
Y traición no fue solo la tuya,
también ella, mi sangre y mi infancia,
quebró en mí lo más puro: la infancia,
como daga que el alma destruye.

Era niña que el tiempo construye,
de mi mano cruzó la distancia,
yo su escudo, su luz, su fragancia,
y hoy su sombra mi herida concluye.

No esperaba tal golpe en la vida,
ni de ti, que eras todo mi cielo,
ni de aquella que tanto he querido;
dos dolores en una caída,
dos abismos abiertos en duelo,
y mi ser, por los dos, dividido.

III
Fuiste mundo, mi sol y mi luna,
mi razón, mi latido y mi suerte;
te entregué cuanto pude ofrecerte,
sin dejar una parte ninguna.

Si faltó darte el alma, fue una
sola causa: aún vivía al quererte;
y ese amor, que juré hasta la muerte,
me dejó en una noche importuna.

Dos lutos me hirieron al mismo
tiempo oscuro, sin tregua ni calma,
y creí no salir de la herida;
descendí hasta el más hondo abismo,
donde apenas latía mi alma
y dudaba sostener la vida.

IV
Mas mi madre, raíz encendida,
fue la luz que en la sombra me alzaba,
la que, firme, mi nombre llamaba
cuando el alma se daba por ida.

¿Recuerdas la grieta abatida
donde al fin sin retorno me hallaba?
Era un fondo que al llanto negaba
toda forma de escape o salida.

Te perdoné, no por tu consuelo,
sino por la quietud que buscaba,
y por ese amor que no moría;
porque amar, aun herida en el suelo,
era el único hilo que ataba
lo que en mí todavía existía.

V
Yo morí a mis veinticinco años,
no en la carne, mas sí en la esperanza;
se quebró, sin dejarme confianza,
la razón de mis sueños extraños.

Y, sin embargo, venciendo los daños,
he vuelto desde aquella mudanza,
como eco que incierto se lanza
entre sombras, recuerdos y engaños.

Pues soñé que llorabas de hinojos,
con un dolor tan hondo y tan frío
que en mi pecho volvió a estremecerse;
y al mirarte, sin ira en los ojos,
quise alzar ese peso tan mío
que en tu llanto parecía perderse.

VI
Y acudí donde habitas latente,
ese sitio sin voz ni destino,
donde aún permanece el camino
de lo nuestro, difuso y ausente.

No llegué a reclamarte lo ausente,
ni a encender lo que fue desatino,
sólo puse mi mano, en silencio fino,
sobre el peso que dobla tu frente.

Y te dije, sin rencor ni herida:
“ese dolor no es siempre, no queda,
ni siquiera en la noche más fría”;
mas quedó, suspendida y perdida,
una duda que el tiempo no hereda:
si esta sombra renace… o se enfría.

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