Hubo un tiempo en que el mundo cabía entero en un bolsillo:
una tarde interminable, un beso que parecía eterno, la promesa ingenua de que la vida sabría esperarme.
La juventud pasó como pasan los trenes cuando uno mira distraído por la ventana: con ruido, con prisa, dejando en el aire un temblor que solo entendí demasiado tarde.
Amé como aman los que creen que el mañana es infinito.
Y perdí como pierden los que aún no saben que el tiempo no devuelve lo que se deja marchar.
Quedaron en el camino hijos que nunca llegaron a nacer en mis brazos, sueños que se quedaron sentados en la estación equivocada, promesas que juraban ser eternas y que apenas duraron lo que dura el eco de una palabra en la memoria.
También hubo errores, puertas que cerré con mis propias manos, oportunidades que pasaron delante de mí como pájaros silenciosos que no supe reconocer.
Pero cuando repaso la vieja maleta de todo lo vivido, descubro algo extraño: los recuerdos amargos han ido perdiendo su peso.
Y en el fondo del equipaje quedan más risas que lágrimas, más tardes doradas que noches rotas, más nombres queridos que ausencias.
Tal vez la vida sea eso: un libro que parece pesado mientras lo escribimos, pero que al cerrarlo apenas pesa entre las manos.
Y solo al final, cuando el tiempo se vuelve transparente, uno comprende con una ternura inesperada que todo fue breve, que todo fue frágil, y que, a pesar de todo...
valió la pena.

