domingo, 15 de marzo de 2026

Elegia a mi madre.

Mi madre siempre fue para mi un referente, de niño jamas me dejaba, recuerdo sufrir de falta de calcio en los talones, eso dolía sobre todo por la noche y mi madre venia a mi cama a calentar mis pies con los suyos para apaciguar ese dolor, también estaba conmigo en esas noches en las que los niños tienen un alma abierta y pueden ver cosas que los mayores no ven, ella estaba a mi lado cuando esos fantasmas llegaban para atormentar mis sueños, mi madre fue madre hasta el día de su muerte, siempre se preocupo por mi por muchos años que yo cumpliese y lo hacia pese a su dolor físico, sufría una grave enfermedad que le comía los huesos y que dolía tanto que ni moverse quería.

 El día que me dejó la bese en la mejilla, estaba caliente y en su rostro reflejaba paz, por dejar de sentir ese sufrimiento físico, incluso parecía tener una leve sonrisa. Mi madre es la persona que menos daño y más amor ne ha dado en mi vida, espero volver a verla, aunque se que nunca llegaré a pagar su amor sincero.


Mamá 

Cuando recuerdo mi infancia
no vuelven juegos ni risas;
vuelve tu sombra inclinada
velando mis noches frías.

Yo era un niño y en la noche
me despertaba el dolor;
como fuego en los talones
que me robaba el sopor.

Y tú llegabas despacio
sin quejarte del cansancio;
con tus pies templabas los míos
y el dolor iba menguando.

Aquel gesto tan sencillo,
tan humilde y tan callado,
era el amor de una madre
guardando a su muchacho.

Y cuando en la oscura noche
los temores me cercaban,
y los fantasmas del sueño
mis inocencias turbaban,

Tú velabas a mi lado
con tu voz dulce y serena;
y las sombras de la infancia
se apartaban de mi senda.

Fuiste madre cada día,
cada año de mi vida;
aunque el mal que te habitaba
te cubriera de heridas.

La enfermedad devoraba
poco a poco tu esperanza,
mas tu amor permanecía
más fuerte que la desgracia.

Aun con tanto sufrimiento
tu cuidado era primero;
que el amor de una madre
nunca dice “ya no puedo”.

Llegó al fin el triste día
en que la vida declina;
y en silencio tus dos ojos
se cerraron con la vida.

Besé entonces tu mejilla,
todavía tibia y serena;
y en tu rostro reposaba
la paz después de la pena.

Parecía que una leve
y dulce sonrisa hablaba,
como quien dice en silencio:
«ya no duele lo que amaba».

Madre mía, en esta vida
fuiste el ser que más me ha dado,
y también quien menos daño
a mi corazón causó.

Y aunque viva largos años
no habrá modo en esta tierra
de pagar tanto cariño
ni medir tanta grandeza.

Mas guardo una fe tranquila
que me alumbra cuando pienso
que al final del largo camino
volveré a hallar tu consuelo.

Y entonces, madre querida,
sin dolor ni sufrimiento,
volverás a ser la madre
que velaba mis desvelos.

sábado, 14 de marzo de 2026

El peso ligero de los años.


Hubo un tiempo en que el mundo

cabía entero en un bolsillo:

una tarde interminable,

un beso que parecía eterno,

la promesa ingenua

de que la vida sabría esperarme.

La juventud pasó como pasan los trenes

cuando uno mira distraído por la ventana:

con ruido, con prisa,

dejando en el aire un temblor

que solo entendí demasiado tarde.

Amé como aman los que creen

que el mañana es infinito.

Y perdí como pierden los que aún no saben

que el tiempo no devuelve

lo que se deja marchar.

Quedaron en el camino

hijos que nunca llegaron a nacer en mis brazos,

sueños que se quedaron

sentados en la estación equivocada,

promesas que juraban ser eternas

y que apenas duraron lo que dura el eco

de una palabra en la memoria.

También hubo errores,

puertas que cerré con mis propias manos,

oportunidades que pasaron delante de mí

como pájaros silenciosos

que no supe reconocer.

Pero cuando repaso la vieja maleta

de todo lo vivido,

descubro algo extraño:

los recuerdos amargos

han ido perdiendo su peso.

Y en el fondo del equipaje

quedan más risas que lágrimas,

más tardes doradas que noches rotas,

más nombres queridos

que ausencias.

Tal vez la vida sea eso:

un libro que parece pesado mientras lo escribimos,

pero que al cerrarlo

apenas pesa entre las manos.

Y solo al final,

cuando el tiempo se vuelve transparente,

uno comprende con una ternura inesperada

que todo fue breve,

que todo fue frágil,

y que, a pesar de todo,

valió la pena.

El amor nunca muere

 En una noche negra, de tormenta y de duelo,

cuando el viento ululaba como un lobo sin consuelo,

yo guiaba mi viejo coche por la vía

donde la lluvia caía como lúgubre letanía. 

Mi corazón —cripta oscura— guardaba todavía

el nombre de mi amada, perdida un triste día;

la muerte la había tomado con fría mano helada,

dejándome en la tierra con el alma desolada.

El trueno abrió los cielos con furia sepulcral,

y el rayo dibujó su firma espectral;

la carretera serpenteaba entre rocas y abismos

como un negro pensamiento nacido de los mismos.

Y entonces la divisé.

Allí, junto al camino de sombras y de espinas,

erguida entre la bruma y las lluvias peregrinas,

una figura pálida, quieta como un suspiro,

que el relámpago vistió con su espectral retiro.

¡Dios eterno! —era ella—

mi amada, mi perdida, mi estrella.

Sus ojos no tenían la muerte ni el olvido,

sino el dulce mandato de un amor no extinguido.

Alzó su mano blanca con gesto grave y lento,

y aunque no habló su boca, oí su pensamiento:

“Detente… baja el paso…”

Y yo, trémulo, obedecí.

Frené entre el rugir del cielo encadenado

y hallé, en la curva oscura del sendero abandonado,

un árbol colosal, por la tormenta vencido,

tendido en la calzada como un guardián maldito.

Comprendí entonces —con terror infinito—

que aquel era el instante donde habría sido escrito

mi nombre entre los muertos, mi sangre entre la piedra,

si no fuera por su sombra surgida de la niebla.

Pero al alzar los ojos hacia la verja vecina

mi alma sintió helarse como mármol de ruina.

Ante mí se extendía un cementerio sin fin.

Miles de sombras se alzaban entre las tumbas calladas:

sombras largas, sombrías, deformes y desgarradas.

Algunas parecían gemir en muda agonía,

otras torcer sus miembros en perpetua ironía.

Todas me miraban.

Sí…

todas me esperaban.

Sus brazos se extendían como ramas de condena,

como garras que imploran o reclaman su cadena;

sabían —¡oh sabían!— que yo debía estar

entre sus frías filas sin poder despertar.

La noche rugía.

La muerte me llamaba.

Y cuando ya el terror era un océano abierto,

cuando el mundo parecía deslizarse hacia lo muerto,

sentí una mano suave posarse sobre la mía.

Una mano de nieve…

de consuelo…

de vida.

Era ella.

Su tacto era un susurro de ternura inmortal,

una llama que vencía al sepulcro abismal.

Me condujo en silencio, con dulzura infinita,

hasta el coche que aguardaba bajo la lluvia maldita.

Encendí el motor.

La carretera huyó bajo las ruedas cansadas,

dejando atrás las tumbas y las sombras alargadas.

La niebla comenzó lentamente a retirarse,

como si el propio infierno temiera aproximarse.

Entonces miré el espejo.

Y allí —¡Dios mío!— estaba.

Sentada en el asiento posterior del vehículo sombrío,

mi amada me miraba con un fulgor tardío.

Su rostro era sereno, su sonrisa era eterna,

como la paz que aguarda tras la noche más tierna.

Y mientras la aurora rasgaba la penumbra del cielo

su forma se hizo bruma…

su mirada, un desvelo.

Antes de irse

—antes de morir de nuevo—

llevó sus dedos pálidos a los labios tranquilos

y me envió un beso leve, más suave que los hilos

de un sueño que se rompe cuando llega el amanecer.

Y desapareció.

Mas desde aquella noche, cuando el viento se agita

y la lluvia golpea con voz infinita,

sé que el amor no yace bajo tierra fría…

pues incluso la muerte

a veces

devuelve lo que ama todavía. 🖤

Un perro presidente.

En un palacio de mármol prestado mandaba un presidente algo despistado; no era torpe del todo, mas poco ilustrado, y aquella tesis —dicen— se la habían guisado.

Llegó a la mesa ya bien sazonada, con citas, comillas y salsa templada; él brindó con orgullo, muy serio el gesto, aunque el libro jamás lo leyó por completo. 

A su lado la dama, más lela que lista, soñaba cátedra noble, docta y bien vista; de familia “ilustre”, decía la comedia, aunque libros no había en toda su heredia.

Pues padres regentes de oscuro local donde el neón guiñaba su guiño infernal; y así la academia, torciendo la ceja, veía aquella cátedra como mala madeja.

Vinieron ministros —¡vaya desfile!— unos de bolsillo, otros de perfil vil; corruptos algunos, puteros sin arte, y otros que al diccionario temían mirarle. 

Repetían dogmas con gran convicción, como loro que ignora la conversación; ni sabían qué decían ni a dónde llevaba, pero el coro del poder bien fuerte sonaba.

Y surgió el hermano, sayón oportuno, gorrón de manual, campeón del ayuno… de trabajo, claro, que esfuerzo evitaba, mas del dinero público bien se alimentaba.

Tan fino en la holganza, tan hábil en gorra, que quiso ahorrarse hasta el parking de su autocarroza errante, palacio rodante, del príncipe vago, del noble mangante.

Y así todo el peso del circo montado cayó en el presidente, medio atolondrado; que uno no sabe si santo o villano, si pobre marioneta o torpe artesano.

Mas víctima, sí, de su propio desfile: de ministros de feria y familia sutil; pues a veces el rey no manda en su corte, solo firma papeles… y carga el soporte.

Y el pueblo, mirando la extraña función, entre risa cansada y resignación, murmura en la plaza, con sorna prudente: 

¡Vaya hijo puta este presidente!

El regreso

 Soneto del encuentro con mi sombra


Vuelvo, yo que fui joven y que soñaba,

a la poesía que antaño me miraba;

mi voz ahora es grave, y la mirada

lleva canas, memorias que no callaba.


Mi yo de ayer, con risa desenfrenada,

me observa y pregunta: “¿Por qué tardaba?”

Yo respondo, con la calma que guardaba,

“Por aprender del tiempo y su jornada.”


Cada verso es un puente que se extiende

entre la impaciencia y la prudencia;

cada palabra un alma que comprende.


Hoy la rima es sabia, y la conciencia

baila con la emoción que se enciende,

tras quince años de silencio y paciencia